17 jul. 2012

Jérez: El barranco del agua



Lugar donde se juntan las aguas del barranco Alcazar y del Barrando Alhori


Jérez es la villa más conocida y la que mejor conserva su urbanismo tradicional, caracterizado por calles estrechas y casas limpias, blancas, cubiertas de teja roja y una torre musulmana coronada por una virgen. A pesar de estar tan próximo a la montaña, su orografía es llana, salvo en el caserío que desciende hacia el barranco. El agua se hace presente en su fisonomía urbana a través de una acequia que discurre por el casco urbano y en numerosas fuentes, alguna de ellas en las cercanías, entre las que destaca la llamada “de Terrones”.
Tras la expulsión de los moriscos, Jérez era el pueblo más envidiable para los repobladores cristianos. Sin embargo, este atractivo no aglutinó ninguna cuadrilla numerosa de paisanos. Las 121 suertes que se hicieron fueron repartidas principalmente entre gentes llegadas de Romanones (Guadalajara) y diversos pueblos de Jaén. Había también oriundos de Galicia, Canarias, Francia, Portugal y algunos vizcaínos, estos últimos buscados ex profeso para poner en funcionamiento las herrerías. Sin embargo, el contingente más numeroso procedía de Guadix, cuyos habitantes conocían bien el potencial agrícola del pueblo.
Su centro urbano lo define la plaza, donde se celebran los toros, mientras que la iglesia se sitúa en la parte baja del pueblo. Ésta se construyo casi en su totalidad en el siglo XVI. Lo más interesante es el alzado de la fachada y sus portadas. Una de ellas es mudéjar, pero otra lateral está hecha en cantería y es típicamente renacentista.
Tiene columnas corintias, hornacina e inscripción donde se puede ver la fecha de su construcción: 6 de diciembre de 1.545.


Fachada renacentista de la Iglesia de Jérez.

La Tizná
Este apelativo designa a la virgen patrona de Jérez, y se debe a un supuesto hecho milagroso ocurrido el 18 de julio de 1.653. Tres niños subidos en el campanario "tocaban a nublo" para conjurar una tormenta cuando un rayo los fulminó, pero también rozó la cara de la Virgen dejándola tiznada. Poco después, estos niños, por intervención de la Virgen, volvieron a la vida. La antigua imagen de Pablo de Rojas no es la que ahora se venera.

Nuestra Patrona "La Tizná"

Alcázar, la alquería perdida
Al este de Jérez, se asentó durante la época islámica una alquería llamada Alcázar, que ha dejado todo su recuerdo en numerosos topónimos de la zona. Se sabe que ya existía en el 1.125, porque en sus proximidades estuvo acampado Alfonso el Batallador y su desaparición estuvo motivada por la rebelión de los moriscos. Como los escasos efectivos humanos llegados posteriormente no alcanzaron para repoblarla, el lugar fue abandonado y progresivamente convertido en un campo de cultivo. Tal vez, una excavación arqueológica depare importantes sorpresas para la historia.
A esta aldea se pueden asociar algunas estructuras defensivas que aún existen en la zona. La llamada Torre de Alcázar, de planta rectangular y desarrollo troncocónico, se conserva casi íntegra sobre una cresta del barranco; y la Torrecilla, muy desmochada, está separada unos trescientos metros de la primera. Es probable que ambas sean restos de construcciones más complejas y hasta es posible que formaran parte sustancial de las propiedades que aquí tenían los sultanes granadinos, como señala Al Jatib: "El Alcazar del Sened era trono y morada de reyes". Todo ello confirmaría el esplendor de Jérez y su alquería en época nazarí.
Otra estructura defensiva de la zona es el Huerto del Castillejo, un castillete situado por debajo del pueblo donde hay indicios de haber poseído varias torres, murallas e incluso una coracha dada la proximidad del río. Es posible también que las torres antes mencionadas sirvan para controlar visualmente el espacio y prevenir a las gentes del castillo, que no tenían visibilidad.
Coracha: lienzo de muralla que servía para unir un recinto fortificado con algún otro lugar, por ejemplo un río





Torre de Alcazar y Huerto Castillejo
Las fundiciones de Jérez
Aunque quedan pocos restos, en su término se localizan dos herrerías. La más antigua, probablemente de la época musulmana, situada en la zona denominada de los Terreros, recibía el mineral del cerro de Alquife. Los moriscos de Jérez eran los encargados de elaborar el carbón necesario para la fundición a partir de los bosques existentes en Sierra Nevada y también en la Sierra de Baza, de donde se extraían las grandes vigas que se necesitaban para los aparejos de la fundición. En ella trabajaban unas 15 personas bajo la atenta dirección del maestro ferrón. Fue cerrada en 1.866. La otra herrería, del siglo XIX, se hizo en el Bernardillo. Ambas producían a mediados de la centuria unas 1.500 arrobas de hierro.
Muchos más vestigios quedan de las minas y fundiciones de cobre de Santa Constanza, levantada en 1.865, y que conserva el honor de haber proporcionado el cobre de las primeras pesetas del franquismo. Del pozo minero queda un castillete y restos de edificios, y de la fundición un repertorio de muros con arcos de medio punto, una chimenea cilíndrica y otra de prismas cuadrangulares que se escalonan de mayor a menor tamaño.
Con la palabra herrería se designan los bajos hornos donde se fundía el mineral de hierro en la época preindustrial, es decir, antes de que se inventaran los altos hornos. En ellas la fuerza motriz se obtenía, como en los molinos harineros, de las corrientes de agua y la energía calorífica del carbón vegetal. Como Jérez reunía buenas condiciones para ello, fue elegido para transformar el mineral de hierro que se extraía del cerro de Alquife.

Minas de Santa Constanza
El castañar
El castañar de Jérez es el caso más significativo del agrosistema creado en los barrancos del Marquesado, un magnífico ejemplo de la interacción del marquiseño con la montaña.
En el cultivo de los castaños era esencial la poda y sobre todo el riego en agosto. Era una auténtica gozada ver caer el agua hacia los árboles desde el borde de la ladera, despeñándose por efecto de la gravedad.
Las castañas se guardaban en orzas entre capas de arena y se consumían crudas, cocidas en una olla, tostadas y en un exquisito guiso llamado "potaje de castañas". El 80% de la producción se vendía o era objeto de trueque por naranjas, boniatos y en la Feria era moneda para las casetas de tiro, subir a los columpios, etc.
El barranco era además escenario de múltiples tareas: allí se jugaba, se celebraban fiestas, se organizaban comidas, etc. En definitiva, no sólo era un lugar valioso sino también un espacio hermoso que propiciaba ocio y celebraciones comunitarias.




Castaños en el barranco de Jérez

Este articulo lo  publico ANTONIO CASTILLO LÓPEZ en el periódico Ideal,  nosotros le hemos puestos las fotos.

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