13 mar. 2012

Javier Arenas. El artista.

Lo propio de Javier Arenas no es que haga trampas, pues todos los políticos de algún modo las hacen: el suyo es un oficio duro.

Y ahí es donde entra el hecho diferencial llamado Arenas, su específica aportación a la política española. Lo propio del presidente del Partido Popular de Andalucía es que miente, trampea, niega o reniega con una profesionalidad, un desahogo, una solvencia, cabría decir que con un arte que están al alcance de muy pocos mortales.

Su última exhibición de profesional de élite ha sido con ocasión del frustrado debate de los tres candidatos a la Presidencia de la Junta de Andalucía cuyas formaciones tienen representación en el Parlamento: José Antonio Griñán por el Partido Socialista, Diego Valderas por Izquierda Unida y el propio Javier Arenas. Finalmente el prometedor debate a tres se quedó en un debate a dos porque Arenas se negó a participar en el mismo amparándose en rebuscadas y en algún caso ingeniosas excusas, aun siendo consciente de que todo el mundo conoce perfectamente el por qué de su negativa:  en un debate televisivo tendría mucho más que perder que ganar.
Podrían surgir temas embarazosos como del sueldo que cobraba del partido y dejó de cobrar cuando se descubrió que lo cobraba; incómodos como el de sus amistades peligrosas con corruptos del PP; indefendibles como el de la contrarreforma del aborto; controvertidos como el de la reforma laboral o los recortes al Estado del Bienestar; indefendibles como el de la corrupción en los territorios PP; inoportunos como el de la coincidencia temporal del caso Gürtel y su cargo de número tres del partido... Mucho que perder, pues, y muy poco que ganar. 

No es la primera vez ni, claro está, será la última que Javier Arenas exhibe la valiosísima y poco común habilidad de culpar a los demás con pecados que él mismo o los suyos han cometido en un grado muchísimo más elevado o incluso que están cometiendo en el instante mismo en que lanza su compungida acusación. 


Arenas hacía bandera de la austeridad y cobraba el mayor sueldo que un político ha cobrado jamás en Andalucía. 
Arenas pide la dimisión de los adversarios políticos cuando están meramente imputados y no pide la de sus propios compañeros cuando son condenados.
 Arenas da lecciones de ética sobre los medios públicos y estuvo en un Gobierno que manipuló la televisión pública hasta cotas históricas.
 Arenas defendía la idea de ‘un hombre, un cargo' y practicaba y practica todo lo contrario.

A su manera, Arenas lleva hasta sus últimas consecuencias el mandato ético de ponerse en el lugar del otro: no sólo se pone en su lugar, es que literalmente le arrebata ese lugar, se queda con él (con el lugar y con quien estaba en él). Es como si al ser detenido por la Policía incendiando un contenedor municipal de basura, Javier Arenas se diera media vuelta, alzara la cabeza, mirara fijamente al guardia que lo llevaba esposado y, levantando una ceja como sólo él y tal vez el actor Jean Dujardin en la película El artista saben hacerlo, le soltara a bocajarro: "Querido agente, yo en su lugar guardaría silencio desde este mismo instante: sepa que cualquier cosa que diga podrá ser utilizada contra usted en el juicio al que sin duda será sometido tras interponer yo la correspondiente denuncia contra usted por haber quemado un contenedor y luego haber detenido a un ciudadano inocente para borrar el rastro de su fechoría".
El pobre guardia primero no daría crédito. Después caería en la cuenta de que no estaba ante un detenido cualquiera. Más tarde sabría que tenía delante a un consumado artista. Y finalmente optaría por dejarlo en libertad y rogarle que, por favor, no lo denunciara, que tenía mujer e hijos y qué iba a ser de ellos. Arenas ofrecería altivamente sus muñecas al policía para que lo liberara de las esposas, lo invitaría a una copa en el bar más cercano y le propondría montar a medias un negocio para asegurar contenedores municipales cuya póliza cubriera debidamente el elevado riesgo de incendio que sufren esos y otros enseres del mobiliario urbano en estos tiempos en que tanto desaprensivo anda suelto por ahí.   

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